jueves, 11 de julio de 2019



CLASE 9 LA ENERGÍA


Podemos seguir comprendiendo otros puntos que generan nuestro universo no sólo a través de lo espiritual, sino también ayudados por la ciencia.

Tanto el planeta Tierra como nuestro cuerpo están formados por masa, materia. Se ha comprobado a través de la física cuántica que la célula tiene inteligencia propia y que puede asimismo autodirigirse y auto-modificarse.

Pero básicamente la energía, la vibración, no sólo se transforma a nivel de la materia física, sino también a través de otros planos de materia que vamos a seguir explicando más adelante.

Ya hace cincuenta años la ciencia conocía ochenta y tantas formas de materia física (en la actualidad se conocen muchos más) y sabíamos que la materia se componía de partículas increíblemente minúsculas con espacios intermedios. Pero ahora empezamos a saber que es tanto el espacio comprendido entre la materia que en cierto sentido puede decirse que nada es totalmente sólido, todo está compuesto de átomos, y el átomo, a su vez, contiene electrones, neutrones y protones que giran en órbitas o vibran con gran rapidez formando un conjunto de partículas, espacio y cargas eléctricas que a su vez forman la materia. Así como el cuerpo físico es materia más concentrada, existe el cuerpo emocional que sería el conjunto de emociones que sentimos.

El Cuerpo Mental es el conjunto de pensamientos que nosotros mismos irradiamos permanentemente, que también forman otro cuerpo. Todos los cuerpos integrados forman el cuerpo espiritual.
Hace cincuenta años se había empezado a comprobar que hasta las más insignificantes partículas no son cosas sino manojos de vibraciones.

Hay diversas formas de energía; se trasladan por el aire y el espacio sin perder sus formas características debido a su diversa frecuencia de vibración.

Es así que las vibraciones que abarcan desde una frecuencia de quince por segundo hasta quince mil por segundo, son perceptibles por el oído humano como sonidos.

Las vibraciones que sobrepasan la última cifra citada, dejan de ser percibidas por nuestro oído, pero al alcanzarse una frecuencia de un millón quinientas mil vibraciones aproximadamente, principia esa forma de energía llamada calor, que puede ser percibida por otro de nuestros sentidos.

Más arriba en la escala de las vibraciones viene la luz, a menudo combinada con el calor, la cual es percibida por nuestros ojos. Las vibraciones luminosas más bajas empiezan con el rojo oscuro y las más altas forman el violeta; a unos tres millones por segundo se encuentran las ultravioletas y otras más, invisibles al ojo pero detectables mediante instrumentos como la máquina Kirlian. También pueden ser percibidas por nuestros sentidos internos.
En un punto más elevado de la escala, todavía no puede decirse cuan algo, están las vibraciones del pensamiento, y éstas son esas vibraciones invisibles, inaudibles, que relampaguean de mente a mente.

Son numerosas las razones que pueden aducirse para justificar que el pensamiento y la fuerza vital pueden ser consideradas como la misma naturaleza que la electricidad.

Einstein demostró matemáticamente que en todo el universo existen grandes campos de fuerza. He aquí el gran concepto mental de Einstein, elaborado hace casi sesenta años: E = mc2. Esta fórmula expresa la conversión de la masa en energía.

Al utilizarse la energía atómica se demuestra de una vez por todas y para todo el mundo que la masa es energía. Como la energía es vibración, es indudable que todo es vibración. Ahora sabemos que somos vibración y de eso no cabe la menor duda.

Nosotros estamos inmersos dentro de untar energético vibracional, todo lo que pensamos y sentimos también va creando las realidades que todos vivimos.

Las vibraciones de nuestros sentimientos y pensamientos continúan formando cuerpos no materiales o no perceptibles a nuestros ojos, como se explicó antes.

Si nosotros enviamos un pensamiento, no es unidireccional, funciona como un boomerang, como se cree en el plano tridimensional. La energía vibra en planos muy elevados, más allá de lo que nuestra conciencia puede comprender: sólo nos aceramos a percibir cuando nos conectamos con nuestro interior que funciona de manera más sutil y perfecta de lo que nuestros sentidos externos puedan captar.


TRANSFORMACIONES

Una de las principales causas de que la gente crea que los ángeles se nos dan a conocer con tanta frecuencia, es el deseo que los impulsa a enseñarnos a crecer y convertirnos en buenos administradores de este planeta.

Tal idea nos dice que los ángeles están junto a nosotros para ayudarnos a elevar nuestra conciencia, nuestro auto-reconocimiento espiritual como raza y no sólo como individuos. Casi podríamos decir que los Ángeles están con nosotros para proporcionarnos una dosis de vitaminas que debe administrarse en los momentos justos.
Esta teoría, que en general se apoya en el lenguaje propio de la New Age, argumenta que el mundo está al borde de una transformación tan gloriosa que ni siquiera encontramos palabras para describirla. Los Ángeles se hallan entre nosotros para servirnos de guías, para ayudarnos a penetrar en un nuevo nivel en cuanto a la conciencia que debemos tener de la tierra. Y cuando llegue el momento, a su debido tiempo, veremos a todos esos Ángeles que nos rodean en forma permanente y viviremos con ellos como nuestros amigos y salvadores.

Parece que, en un sentido limitado, este concepto de transformación es cierto. Creo que los ángeles se encuentran entre nosotros a fin de que se produzca un cambio profundo en el mundo. Pero no por eso supongo que ellos habrán de hacerse cargo del trabajo. Su presencia más obvia en nuestra vida es para despertarnos a la necesidad de empezar a modificar el mundo a fin de que sea tal como ellos y nosotros lo deseamos. Y cuando nos hayamos desarrollado los luciente como para sembrar amor, por haber cambiado nosotros y por haber transformado el mundo de nuestro alrededor, ya no necesitaremos ayuda para ver a nuestros ángeles y caminar con ellos. Sólo Dios sabe cuánto tiempo demandará esto.

En ocasiones parecer que la única frontera que hemos alcanzado es la frontera del desastre. Poseo la esperanza de que tengamos la sabiduría necesaria como para aprender, y sé que ella es parte del motivo de que los ángeles se hayan tornado visibles con tanta frecuencia en los últimos tiempos.

Nuestros Ángeles, desde luego, aspiran a que logremos nuestra transformación personal, no menos que la transformación de la tierra. Y así es como tendría que ser. No estamos en condiciones de cambiar el mundo para mejorarlo si no podemos siquiera cambiarnos a nosotros mismos y despojarnos de celos y envidia, perjuicios y codicia, y de todas las formas que puede revestir el mal. Y no podemos hacer nada de eso sin contar con la presencia de Dios en nuestra vida.

Los Ángeles que se encuentran entre nosotros son otras tantas señales de esperanza para indicarnos que nuestra transformación – y la del mundo entero – no es imposible. El cielo no dista una galaxia de nosotros, sino que está aquí, nos dicen; el reino de Dios está aquí, en nuestro medio… y aquí estamos nosotros para demostrarlo. Las barreras no son insuperables. Dios están tan cerca como los latidos del corazón.

Es de fundamental importancia tener en cuenta que debemos invocar a nuestros Ángeles, por la sencilla razón de que ni ellos podrán ayudarnos tanto como desean, si nosotros no lo invocamos. Todos nosotros, más de una vez nos hemos quedado cortos, sin alcanzar nuestro objetivo, por no pedirles ayuda. Los Ángeles están aquí para socorrernos en aquellas cosas que no podemos hacer solos. Y me refiero a las cosas sobrenaturales, no a las comunes.
Por ejemplo, hay mucha gente que suele decir: “Yo estoy tranquilo porque tengo apostado en la puerta de casa a mi ángel guardián, de modo que ni me preocupo por cerrar con llave cuando salgo”. Sin embargo, no es esa la responsabilidad de los ángeles. Por el contrario, se supone que cada uno de nosotros debe preocuparse por la protección personal de sus bienes terrenales.

Por cierto que a los ángeles les agrada sobremanera poder ayudarnos. Es su misión, y cuanto más los dejamos hacerlo, más felices son. Les gusta realizar cosas que nos ayudan.

LOS MENSAJEROS

Tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento hallamos numerosas historias de Ángeles que se aparecen a los hombres y que traen mensajes. Estos mensajes casi siempre anunciaban acontecimientos de capital importancia, por ejemplo, el nacimiento del Mesías. Después de este hecho, no se conocen muchos casos de apariciones de Ángeles. Sin embargo, ellos nos siguen enviando mensajes. Dado que no siempre los vemos y oímos físicamente, hemos de intentar permanecer creativos y perceptivos, para así estar en condiciones de recibir sus mensajes.

Los Ángeles utilizan sistemas para difundir mensajes que ni siquiera imaginamos. ¿Te has encontrado alguna vez sentado durante horas, devanándote los sesos, intentando hallar la respuesta a una pregunta o problema? Precisamente en el instante en que decides dejar de meditar, aparece una paloma en la cornisa de tu ventana. Al reparar en ella sientes una sensación de calor y paz. Entonces, cuando te acercas a la ventana, ves pasar un camión que lleva escritas las palabras que te proporcionan las respuestas que tu cabeza no logró encontrar. Una vez acabada la lucha por hallar esa solución, te das cuenta de que el mensaje te ha llegado sin hacer tú el mínimo esfuerzo.

Presta atención a las sutilezas de la vida. Los Ángeles pueden llegar a nosotros de maneras distintas pero que a menudo se nos escapan. Es en nuestros sueños donde los mensajes se nos manifiestan con más frecuencia. Los Ángeles, al comunicarse con nosotros, demuestran ser creativos y de la misma forma deberíamos serlo nosotros al recibir sus mensajes.

Los mensajes del cielo son siempre para el bien supremo de la humanidad; nunca exigen el uso de la fuerza o de la autoridad. Algunos de nosotros identificamos a los ángeles con fuerzas espirituales que guían a nuestro Ser Superior infundiendo pensamientos nobles a nuestra conciencia. Independientemente del papel específico que juegan, todos los ángeles son de una forma u otra mensajeros.

Los que son heraldos de Dios traen las nuevas más vitales. Estos portadores de noticias no se irán hasta que recibas su mensaje. Por consiguiente, recuerda que debes relajarte y dejarte llevar por la intuición.

EL ÁNGEL DE LA ARMONÍA

Imaginemos por un momento lo que pasaría si una persona perteneciente a la cuarta dimensión del mundo, viviera en nuestro plano físico, y como él o ella aparecería ante los ojos de los demás.
Esa persona representaría el perfecto equilibrio entre la cabeza y el corazón, la voluntad y el amor, el interior y el exterior, el trabajo, y el juego, la quietud, y la acción, la impresión y la expresión, el escuchar y el hablar, el recibir y el dar, la irradiación y la atracción. Esa persona imaginaria sabía seguramente cómo vivir. Tendría un flexible y relajado campo de energía y una conciencia del equilibrio total, lo cual es otra forma de la estabilidad, definida como regularidad, aplomo y seguridad en sí mismo.

Todas las cosas parecían encontrarse unidas, lo cual es el significado del vocablo griego “harmozein”, del cual se deriva nuestra palabra armonía. Y como un subproducto de este orden, equilibrio y armonía, esa persona irradiaba una sensación de paz, de serenidad y de tranquilidad.

Qué maravilloso sería si todos expresáramos esa misma clase de energía, ese mismo estado de conciencia. Por cierto que la imagen que tendríamos de nosotros mismos sería diferente y que, sin temores ni culpas, podríamos incluso comenzar a vivir honestamente, como a todos nos gustaría hacerlo. Y eso sin decir que las demás personas se sentirían muy contentas de estar junto a nosotros. Pero nosotros no podemos fingir.

Pero si tratamos durante un tiempo de representar un rol de orden y armonía, desde el punto de vista de la personalidad humana, muy pronto nos convertiríamos en hermosos pero repugnantes robots, en dulces máquinas excesivamente controladas, emanando permanentemente un aire protector y condescendiente.

¿Has conocido a esas personas que presentan una perfección superficial, pero tan delgada que se puede ver a través de ella? Y, detrás de esa máscara de imperfecta superioridad, en todas ellas encontramos una revuelta masa de temor y de ira reprimidos.

Para ser realmente una manifestación de orden y armonía, debemos tomar la Energía del Alma que produce esas cualidades, y entonces llegamos a ser y ya no es necesario representar ningún papel. Te sorprenderás al saber que la energía que manifiesta todos estos atributos es la alegría. El orden y la armonía nacen de la alegría, y no al revés. El Ángel de la Armonía es la “alegría del Señor”, la pura energía del regocijo, el júbilo y el éxtasis del Yo Superior, que se irradia como el sol del mediodía para disipar las sombras de la tristeza, la miseria y la desesperación. Y esto se logra estableciendo el equilibrio y la estabilidad en nuestras vidas.

La invocación de este Ángel nos restablece la armonía, libera tensiones, aplaca el estado agresivo. Permite ver la solución de los problemas con mayor claridad. Brinda paz espiritual. Genera un campo positivo que pone fin a la tristeza ocasionada por cualquier motivo. Brinda más alegría y ganas de vivir.

El Ángel de la Armonía ayuda a eliminar la ansiedad. 
Especialmente indicado para lograr una recuperación rápida, incluyendo problemas afectivos de pareja. Restablece el ánimo, da fuerza, temple y empuje para realizar cualquier tarea que se emprenda. aumenta la vitalidad y la energía. Actúa contra las fluctuaciones de ánimo, produciendo un campo mental y una actitud positivos.

Si queremos evolucionar espiritualmente hemos de crear constantemente armonía en nosotros mismos y alrededor nuestro.
Te propongo que:

Siéntate en un lugar cómodo y tranquilo.
Cierra los ojos y relájate. Visualiza una luz de un color a tu elección que te evoque armonía.
Si una vez visualizado no te sientes totalmente a gusto con ese color, cámbialo como cambiarías el canal del televisor hasta que encuentres el que te satisface visualmente.
Invoca al Ángel de la Armonía y pídele que la armonía entre a tu vida.
Antes de despedirte, y abrir los ojos, dale las gracias.

Finalidad:

En la vibración de la paz en la conciencia; nos ayuda a mantener el equilibrio y la imparcialidad ante todas las situaciones; nos inspira a vivir con integridad.

Rasgos negativos que pueden presentarse a partir de las proyecciones del ego: disfrutar ante la idea de un conflicto, un adversario permanente, un Creador de desorden; una persona que experimenta mucha oposición en todos los ámbitos de su vida.
Su energía resulta bloqueada debido a: la ausencia de alegría y de inspiración; la creencia de que cualquier tipo de ataque está justificado por la autoprotección y de que la paz y la conciliación son signos de debilidad.


PROGRAMACIÓN ANGÉLICA Nº 2
Abrirte a tu Ángel

Ten a mano tu libreta de anotaciones y tu birome. Al tope de una página en blanco, escribe: “Abrirme a mi Ángel”, y la fecha
1) Siéntate en tu lugar sagrado, con los pies bien apoyados en el suelo y los ojos cerrados. Siente la presencia de tu Ángel, que se acerca cada vez más. Imagina que te envuelve suavemente con sus alas.
2) Mientras inhalas y exhalas lentamente, siente o percibe la presencia de tu Ángel, que te extiende los brazos. Respira esa proximidad y deja que dentro de ti surja una pregunta.
3) Concentra la atención en tu corazón. Pon en tu corazón la pregunta que deseas formular, visualizando las palabras escritas allí.
4) Cuando sientas las palabras en tu corazón, abre los ojos y anota la pregunta en tu cuaderno. Vuelve a cerrar los ojos.
5) Con las palabras de tu pregunta en el corazón y en la mente conéctate con tu profundo deseo de oír la voz de tu ángel. Escucha en tu corazón y en tu garganta. Pon atención a cualquier sentimiento que surja. Los ángeles llegan a nosotros a través de los sentimientos, de modo que esa pueda ser la primera forma de contacto. Permite esos sentimientos y permanece abierto a las palabras que se presenten.
6) Anota todo lo que recibas, sean palabras, imágenes o sensaciones.
7) Recuerda agradecer a tu ángel su mensaje.
8) Lee lo que has recibido.

Observa las sensaciones que te despierta el mensaje. Puede sorprenderte o quizás te conmueva. Si las palabras te llenan los ojos de lágrimas o si te sientes conmovida, sabrás que tu ángel ha hablado a través de ti.

Los ángeles se presentan a nosotros de modo que podamos recibirlos. Si no estás segura de haber recibido nada, vuelve a cerrar los ojos y repite el ejercicio desde el comienzo, estableciendo una conexión más potente con tu deseo de comunicarte con tu ángel. Acepta con gratitud lo que recibas. No deseches ni critiques lo que aparezca. porque eso cerrara tu corazón, bloqueando la comunicación. Cuando aceptas, te abres; cuando estás abierta, es mucho más probable que recibas.




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lunes, 1 de abril de 2019

Capítulo XI - La realidad del Ser - El cuarto camino de Gurddjieff - Jeanne Salzmann


LIBRO LA REALIDAD DEL SER


La inmovilidad es nuestra naturaleza esencial.
Es la mayor fuerza de vida.
A partir de ella, todos los movimientos son posibles.

Veo el mundo más allá de las formas y esa visión me permite

conocer el mundo de las formas.

El esfuerzo esencial es siempre la percepción de mí,

la conciencia de mí.
Todo está relacionado con eso: tocar mi esencia.

La fe es la certeza vivida de haber superado los límites de mi yo.


Veo todo tomado en conjunto: el ego y el verdadero yo.

Al ver, me libero.
Mi atención liberada, mi conciencia, conoce entonces lo que soy esencialmente.
Es la muerte del "yo" ordinario.

Veo el yo ordinario como una proyección del yo, un fantasma.

La manifestación no es algo separado, sino una proyección de algo esencial.

La verdad no tiene continuidad porque está más alla del tiempo.

No es ella la que dura.


RECONOCER
UNA ACTITUD FALSA

117. LAS ETAPAS DEL TRABAJO

La inmovilidad es nuestra naturaleza esencial. Es la mayor fuerza de vida. A partir de ella, todos los movimientos son posibles. Sólo somos una energía en movimiento, un movimiento que nunca se detiene. Si nuestras funciones pueden estar en reposo durante uno, dos o tres segundos, ése es un descubrimiento esencial, un conocimiento de sí.
Es la transformación de la energía lo que hace que cambie nuestro ser. Es un trabajo prolongado que implica varias etapas. Primero, hay un estado de observación, un estado de "vigilia crítica", que equivale a una toma de conciencia interior, una fuerza que transforma: es darse cuenta de una actitud falsa. Esa fuerza viene de la conciencia interior del cuerpo, no de la representación mental. Es el desarrollo de una sensibilidad segura que muestra todas las faltas de un equilibrio afianzado sobre un solo centro. La etapa siguiente es la del soltar lo que nos tiene tomados, un estado de "confianza· donde se percibe lo falso. Al ser percibido, el impulso de soltar lo que nos bloquea ya está allí; se trata de disolver una cristalización. El lo contrario de "querer hacer". Abandonamos ese estado de conciencia que transforma todo en objeto. Eso quiere decir aceptar, dejar que se haga, sin ocuparnos de nuestras representaciones. El predominio del Y se manifiesta en el cuerpo. En la respiración, el acento pasa de la inspiración a la espiración.
La tercera etapa está marcada por la toma de conciencia del Ser esencial. Cuando la forma del Yo llega a ser permeable, todo lo que estaba endurecido se encuentra disuelto y refundido para la formación del segundo cuerpo. Le sigue una confianza en lo esencial. Es una nueva etapa en la que se admite el fondo sin clasificar, sin nombrar. Esto requiere el valor de soportar ese momento cuando ya no comprendo, es decir, estar bajo la radiación del Ser y quedarse allí, arriesgando, una y otra vez, las actitudes y creencias bien establecidas.
En esa transformación, no se trata de cómo producir un estado más abierto, sino de cómo permitirlo. La energía está allí, No se trata de que yo la haga pasar, sino de dejarla pasar. Si no me someto a la acción, la acción no se realizará. De hecho, cuanto más se esfuerza uno, más estrecho se hace el pasaje, nada pasa. Las dos fuerzas están presentes y siempre están en nosotros: una fuerza activa, una fuerza pasiva. Lo que siempre quiere, mi cabeza, necesita quedarse pasivo. Entonces, la atención es activa. Aparece un sentimiento, un sentimiento que transforma todo, porque permite una relación.
En lo que soy hay una Presencia pura, un pensamiento puro. Está compuesta de innumerables olas, pero en su naturaleza es pura, vasta, sin límites. Se basta así misma. Las olas sólo son olas, no son la energía en sí. Soy yo quien produce las olas. Si no hago nada para detenerlas, se detienen por sí mismas y no me molestan más. Se tranquilizan y siento la naturaleza pura de mi pensamiento, de mi mente. Las olas son lo mismo que la energía, pero las tomo por algo que no son. La energía siempre tiene olas, siempre un movimiento. Pero la ola, el movimiento, y la energía son la misma cosa. Lo importante es conocer la energía misma, pura. Si estuviera verdaderamente presente no habría en mi ni olas ni movimientos.

118. UNA CONTRADICCIÓN FLAGRANTE

No somos lo que creemos ser. Siempre digo que busco. En realidad soy buscado. Pero no lo sé suficientemente. Falta algo que pueda creer, algo absolutamente verdadero, que sea como un nuevo conocimiento, una fuerza nueva que triunfe sobre mi inercia.
Debe haber en mí una fuerza que venga de planos elevados del cosmos. Debe ser parte de mí mismo, debe emanar e irradiar en mí.Pero el estado de mi ser, de mi conciencia, no me permite sentirla. Estoy separado de la realidad por el espejismo de mi reacción en el momento de recibir una impresión. Esto me impide permanecer abierto a la totalidad de aquello a lo que me aproximo. Siempre hay palabras, emociones subjetivas y tensiones, y sus movimientos no se detienen. No conozco ese movimiento y, in conocerlo, no puedo evaluarlo justamente. De manera que un nuevo orden, que sería el signo de mi transformación, no aparece. Tengo una forma de ser objeto para mí mismo, siempre pensando en mí,siempre con una queja. Esa manera falsa de estar ocupado de mí mismo no me puede enseñar nada nuevo.
Algo me pide ser consciente de lo que soy,de quién soy. Y me veo responder: "Yo. Yo estoy aquí. Soy yo mismo". Pero siento que no es verdad, no soy realmente yo. Al mismo tiempo, es verdad que lo digo, que lo pienso. Y cuando lo digo, me siento el centro de todo. Me afirmo a mí mismo. Las cosas sólo existen en relación conmigo mismo; me gustan, no me gustan, esto me es favorable o no. Estoy separado, opuesto a todo. Hasta mi deseo de conocerme, de ser más libre, más tranquilo, puede partir de allí. Comienzo a ver esos movimientos de mi "yo", siempre listo a defender, a sostener ese centro de gravedad que, en el fondo, no es realmente lo que soy. Al lado de esa afirmación hay algo que nada afirma, que nada pide, pero que es. Con cada afirmación, en cada instante, me veo rechazar, rechazarme a mí mismo, rechazar al otro.
No somos lo que creemos ser. Hay en nosotros un impulso esencial, un movimiento hacia la conciencia que viene de una necesidad innata hacia la realización de la totalidad de nuestro ser. Es un deseo viviente que me atrae hacia una expansión de mi mismo. Sabemos que ese deseo está allí, en ciertos momentos nos toca. Pero para nosotros aún no es un hecho real y la conciencia que tenemos de nosotros mismos no es transformada. De hecho, somos exactamente como todos los que nos rodean y que encontramos pequeños, estúpidos, mezquinos, envidiosos...Como ellos, no somos conscientes de los impulsos que nos mueven y que crean la corriente en la que vivimos. Continuamos comparándonos y creyendo en nuestra superioridad, refugiándonos detrás de ideas o esperanzas. Pero no lo queremos ver. Creemos que lograremos saber lo que está más allá de la medida del estado habitual de nuestro ser, sin tomar en cuenta lo que nos lo impide. Esto crea en nosotros una cierta hipocresía, porque no hemos comprendido lo que constituye la trama de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos y de nuestras acciones. De esta forma, no hemos visto todavía la contradicción flagrante entre nuestro deseo de expandir la conciencia y la fuente habitual de todo nuestro comportamiento. No hemos aceptado que para encontrar la verdad debemos comprender la fuente de nuestro pensamiento y de nuestras acciones; mi pequeño yo ordinario.
Siempre esperamos que algo se hago solo, mientras que la transformación sólo se opera si poco a poco me entrego a esto, enteramente. Debemos pagar con el esfuerzo del recuerdo de sí y el esfuerzo de la observación de sí, abandonando la mentira de todo lo que creemos, a cambio de un momento de realidad. Esto traerá una nueva actitud hacia nosotros mismos. Lo más difícil es aprender cómo pagar. Se recibe exactamente lo que se paga. Para sentir la autoridad de una Presencia sutil, debemos superar el muro de nuestro ego, el muro de nuestras reacciones mentales, de donde surge la idea de "yo". Hay que pagar. Sin pagar no tendremos nada.

119. LA AFIRMACIÓN DE MÍ MISMO

El movimiento de energía en nosotros es un movimiento continuo que nunca se detiene. Sólo pasa por fases de intensa proyección, que llamamos tensión, y por fases de regreso a sí mismo, que llamamos relajar, soltar. No puede haber tensión continua y no puede haber relajamiento continuo. Estos dos aspectos son la vida misma del movimiento de energía, la expresión misma de nuestra energía. Desde su fuente en nosotros, la energía se proyecta a través del canal de nuestras funciones hacia una meta de acción. En ese movimiento nuestras funciones crean una especie de centro que llamamos "yo" y creemos que esa proyección hacia el exterior es la afirmación de nosotros mismos. Ese "yo", alrededor del cual giran nuestros pensamientos y nuestras emociones, no se puede relajar, vive de tensiones, se nutre de tensiones.
Necesito sentirme sacudido por la manera en que las cosas me tocan, siempre relacionadas con mi amor propio, con lo que me gusta o lo que no me gusta, con lo que quiero o lo que no quiero, Es una cerrazón perpetua en la que me endurezco. Ese yo se protege, desea, pelea y juzga todo el tiempo. Quiere ser el primero, quiere ser reconocido, admirado, hacer sentir su fuerza y su poder. Cuando tengo una experiencia y esta se inscribe en la memoria, todo eso se acumula y se vuelve un centro, un centro de posesión, un yo, un ego. Es a partir de ese centro que quiero hacer; cambiar, tener más, reformarme. Quiero convertirme en aquello, adquirir esto. Ese "yo" exige poseer siempre más. Es siempre el, con su ambición, su avidez, el que quiere mejorar. ¿Porque ese yo tiene esa necesidad desmesurada de ser algo, de asegurarse de ello, de expresarlo en todo momento? Es el miedo de estar perdido. ¿No ería la identificación, en su base misma, el miedo?
El "yo" busca constantemente establecer una permanencia, la seguridad. Uno se identifica con todas las formas de pensamiento, de saber, de religión. Ese movimiento de identificación es todo lo que conocemos y apreciamos. Todos nuestros valores están allí dentro. Pero no obtendremos la paz permanente a través del deseo de encontrar la seguridad en la identificación. Es un proceso que solo puede llevar a un conflicto debido a las limitaciones de la mente ordinaria. Nada puede ser imaginado por ella, porque depende de las formas y del tiempo. No hay nada nuevo en ella. La paz permanente no se puede encontrar escapándose de la mente. Esto solo es posible si ella esta realmente tranquila y, entonces, la ambición y los deseos se acaban.
Para poder ver "lo que es", debo reconocer que mi estado no puede ser permanente. Cambia instante tras instante. Ese estado de impermanencia es mi verdad. No debo buscar evitarlo o poner mi esperanza en una rigidez que parece ser una ayuda. Debo vivir, experimentar ese estado de impermanencia  y a partir de allí. Hace falta que lo viva, que lo escuche. No solo que escuche lo que quiero, porque así nunca ere libre, sino que escuche lo que se presente, sin resistencia. Para escuchar no debo resistir. Ese acto de escuchar, de estar presente, es una verdadera liberación. Debo estar consciente de mis reacciones a todo lo que pasa en mi. No puede no tener reacciones. Pero debo ser capaz de ir más allá, de tal manera que ellas no me impidan continuar mi búsqueda. Hasta que haya visto o ue me impide acercarme a lo verdadero, a lo desconocido, es todo lo que es conocido. Debo sentir bien todo el condicionamiento de lo conocido, para liberarme de el. Solo cuando conozca ese condicionamiento es que el silencio, la tranquilidad, no serán la búsqueda de una seguridad, sino la libertad de recibir lo desconocido.
Cuando la mente se vuelve más libre y verdaderamente tranquila, hay una sensación de inseguridad en la cual hay, al mismo tiempo, una sensación de paz, una seguridad total, porque el "yo" que siempre quiere hacer esta ausente. Entonces la mente ya no sera un instrumento de evaluación, ya no sera accionada por el querer hacer del "yo". En esa tranquilidad, todas las reacciones, deseos, exigencias, son abandonados. La mente esta en reposo a causa de la visión de lo que es. Se establece un orden que no puedo establecer por mi mismo, pero al cual necesito someterme activamente. Hay un sentimiento de respeto en mi. Y, de repente, veo que esto es la confianza. Tengo confianza en este orden, en esta ley, más que en mi mismo. Me confío a este orden con todo mi ser.

120. MI ACTITUD EXPRESA LO QUE SOY

Hay en mi dos centros de gravedad diferentes entre los cuales oscilo. Mi yo ordinario, que siempre responde para defender su existencia, y otro centro hecho de la sustancia real de lo que soy, que busca ver la luz en mi y expresarse a través de mí. Un centro no puede existir sin el otro. Se necesitan mutuamente. ¿Cómo establecer la relación entre los dos?, ¿Qué actitud de mi parte permitiría la aparición de una nueva unidad?
Necesito un elemento de vigilia para ver que mi actitud es falsa. El yo se crispa sobre su centro, incluso para esperar que la conciencia aparezca. Tendría que confiar, realmente, confiar en el corazón de mi ser que me necesita. Creo confiar en el y en que no soy yo quién "puede hacer" algo por el. Y, sin embargo, la manera misma en que confío en el muestra un "hacer". No es que ese "yo" sea malo en sí mismo, sino que se desvía de lo que lo supera. Necesito verlo hasta que esto me produzca un choque.
Mi manera como estoy en mi cuerpo es testimonio o de deformaciones o de una forma interior que se desarrolla de una manera justa cuando no hay nada forzado. El conjunto de mi postura, la calidad de la tensión y del soltar, su relación y la respiración que pasan por mi, expresan la autenticidad de lo que soy. Es algo que debo experimentar constantemente. Para esto, necesito vigilar. Siempre puedo sorprenderme en el movimiento de concentración de mi energía, ya sea en mi cabeza o en mi plexo solar, que rompe el equilibrio de la unidad en mi. Me siento ubicado de una manera falsa. Es una toma de conciencia. La toma de conciencia de una actitud que no es justa Entonces tengo que sentir muy fuertemente el movimiento hacia una actitud que sea justa, que yo sea asignado por ella, para querer enseguida aspirara restablecerla, a moverme alrededor de su eje. Si soy sensible al centro de mi esencia, veré enseguida que el soltar se hace. Se hace al mismo tiempo que aparece una rectitud. ¿Existe en mi el hecho, la realidad, de una confianza? ¿Puede estar sin intervenir?
Es en mi actitud que expreso lo que soy, aquí, ahora, en este instante. Mi yo ordinario se expresa por una tensión constante en mi cuerpo, encima de la cintura. Una forma que se impone sobre mi  en la que no puedo aparecer. Solo veo mis actitudes falsas cuando hay un paro, un paro de los movimientos habituales, pero me siento vivo, aún más vivo. Consciente de estar aquí, consciente de existir, plena, enteramente. Esa conciencia sobrepasa todo y contiene todo. Mi cuerpo participa de ello, pues sin el no sería posible. Es como un espejo que refleja la luz. Veo el mundo más allá de las formas. Siento un elemento de querer ser, una conciencia, que me coloca en el corazón de estas dos realidades y les permite desempeñar su papel. Esta el sentido de Mi Mismo, el "Yo Soy" y el "yo" ordinario. Ya no se desvía ni teme ser aniquilado. Sabe por que esta ahí. Encuentra su sentido.






















viernes, 28 de diciembre de 2018

DEJAR IR EL MIEDO Por Neale Donald Walsh


Cuando yo vivía como una persona de la calle, bajo el cielo abierto y a la intemperie, llegué a entender profundamente, por mi propia experiencia, la naturaleza del miedo. También aprendí cómo superarlo. Y hoy le temo muy poco. Esto conduce a una pregunta interesante: ¿Qué fue primero: mi pérdida del miedo o la buena vida que estoy disfrutando? ¿La buena vida produjo mi pérdida de miedo, o fue mi pérdida de miedo la que produjo la buena vida?

Estoy claro ahora que miro hacia atrás, que fue lo último y no lo primero. Fue mi pérdida del miedo lo que produjo la buena vida. Desafortunadamente, hice todo lo posible en mi propia vida para deshacerme de mi miedo. En mi caso, ¡literalmente tuve que perderlo todo antes de poder llegar a un lugar donde ya no tenía miedo de lo que podría perder! Me llevé a mí mismo hasta el fondo, renuncié a todo lo que era querido para mí, dejé ir todas mis posesiones físicas, vi evaporarse mis sueños y metas para mi vida, parado ahí como un observador sorprendido presenciando cómo mi cuerpo se encontraba sin un hogar.

Sólo cuando llegué al lugar donde no tenía “nada que perder” fue que perdí la única cosa que estaba tratando de perder: mi miedo. Por ahí en la calle, mis pensamientos se volvieron hacia todo lo que tenía por ganar –y así, muy naturalmente, lo gané todo-. Donde están tus pensamientos, allí estará también tu futuro.

Yo no recomiendo este proceso a otras personas. Estoy seguro de que hay una forma más fácil de entender que, como dijo Franklin D. Roosevelt “no tenemos nada que temer más que al miedo mismo”. Muchas veces antes en mi vida he tratado de enseñarme a mí mismo esta lección, llevarme a mí mismo a la remembranza de esta verdad. Muchas veces antes en mi vida había sufrido pérdidas que estaba convencido me dejarían infeliz para siempre, sólo para descubrir que la alegría y la felicidad no eran tan esquivas como me había imaginado que serían, y que yo podía, de hecho, ser feliz sin aquello que pensaba que nunca podía perder.

Lo que estoy tratando de decir aquí es que mi vida me ha demostrado una y otra vez que puedo sufrir una pérdida enorme y seguir manteniendo mi paz interior y felicidad. Y ahora, después de la experiencia de Conversaciones con Dios, tengo esto realmente muy claro, porque he llegado a comprender que la paz y la alegría y la felicidad que busco no vienen y no pueden venir a mí desde fuera de mí mismo.

Me suena tan trillado cuando digo algo así. Todo el mundo dice “la alegría debe venir del interior.” Pero es verdad. Cada vez que he colocado la fuente de mi felicidad fuera de mí, me ha decepcionado. Cada vez que coloco la fuente de mi felicidad dentro de mí, soy colmado. Permítanme compartir con ustedes una técnica que he utilizado con maravillosa eficacia en mi propia vida para darme cuenta de que la verdadera felicidad y la alegría más grande están dentro de mí. Yo experimento esto el momento en que llevo felicidad a los demás.

Lo único que tengo que hacer para experimentar toda la paz, toda la serenidad, toda la sabiduría, toda la comprensión, toda la alegría y toda la felicidad que se encuentra dentro de mí (y que es parte inherente de mi naturaleza) es decidir dar estas cosas –ser la fuente de estas cosas para los demás. Porque el momento en que yo doy estas cosas, experimento que las tengo.

La manera más rápida de experimentar que tienes algo –la manera más rápida de experimentar que ERES algo– es dar lo que tienes y lo que eres en plena medida a los demás. Es por eso que casi todo maestro espiritual que ha caminado por este planeta ha dicho: “Más bienaventurado es dar que recibir”.

No es porque “dar” sea “algo bueno”, sino porque “dar” es el camino más rápido hacia el cofre del tesoro que yace dentro de cada uno de nosotros. Es la combinación que abre la caja fuerte. Es la llave que hace girar la cerradura. Es como llegamos al espacio donde reside nuestro Verdadero Yo.

Una vez que estamos en ese espacio, provenimos de ese espacio. Y ése es un gran secreto.

Cuando yo era joven, una frase popular que usaba todo el mundo era, “¿De dónde vienes?” Todo el mundo le preguntaba a todos los demás “¿De dónde vienes con eso?” Cuando venimos desde el lugar donde reside el Verdadero Yo, naturalmente enviamos hacia afuera –literalmente emitimos de nosotros mismos– la Energía Esencial que se encuentra en el núcleo de nuestro ser.

Esta energía es llamada, por algunos, Amor. Eso es lo que Realmente Eres. Y no hay manera más rápida ni más profunda de experimentar esto, que permitir que esta energía fluya a través de ti hacia los demás.

Lo interesante de esto es que en esta elección no sólo te encuentras a ti mismo, sino que le devuelves los demás a sí mismos. Porque lo que otros ven en ti empiezan a ver en sí mismos. Tú te yergues como el gran ejemplo y la gran posibilidad para los demás.

Y, por supuesto, a medida que tú llevas felicidad y alegría y paz a los demás, ellos se experimentan a sí mismos como más de Quienes Realmente Son. Ellos recuperan el contacto consigo mismos. Así pues, dos cosas ocurren al mismo tiempo: Ellos se ven a sí mismos en ti, y ellos experimentan su Verdadero Yo dentro de sí mismos.

Cuando llevas felicidad a alguien, ellos se vuelven felices. Cuando llevas alegría a alguien, ellos se vuelven alegres. Cuando llevas sabiduría a alguien, ellos se vuelven sabios. Lo único que estás haciendo es ponerlos en contacto con lo que ya existe dentro de ellos. Ésta es la visión de todo gran maestro. Ésta es la comprensión de todo gran instructor. Éste es el “¡ajá!” al que llega todo estudiante. No estamos haciendo nada aquí con nuestro trabajo espiritual, sino dando a la gente de regreso a sí mismos.

Primero empezamos con nosotros mismos. Luego pasamos a los demás. Finalmente, toda la humanidad es devuelta a Sí Misma.

¿Puede suceder esto? ¿Realmente puede ocurrir? ¿Es posible la transformación de toda una especie? Por supuesto que lo es. Esto se llama crecimiento. Es el medio por el cual una especie evoluciona.

Estamos entrando ahora en una fase rápida de este proceso. El proceso en sí se está acelerando, de forma exponencial. La pregunta no es si esto está sucediendo, la pregunta es, ¿qué parte vas a jugar en este suceso? ¿Va a ser algo que te suceda A ti, o algo que suceda A TRAVÉS DE ti? Ésa es la única pregunta.

Para que pueda suceder a través de nosotros, debemos liberarnos de nuestros miedos.

Uno de los mayores miedos en la vida, como he observado, es el miedo de ser rechazado. Ciertamente, yo he experimentado este miedo en mi vida. Y tendría que creer que la mayoría de nosotros lo hemos hecho. He encontrado un poderoso antídoto contra ese miedo. Simplemente no rechazo a nadie por ningún motivo en absoluto.

Cuando doy a los demás mi total aceptación, sucede algo extraordinario. Dos cosas, realmente. Primero, cuando doy mi aceptación total a los demás, me doy total aceptación a mí mismo. Segundo, cuando doy mi aceptación total a los demás, ellos me dan su total aceptación. Todo lo que va, vuelve. La vida nos envía lo que nosotros le enviamos. Todo es tan simple como eso, y sé que aquí estoy predicando a los conversos, así que por favor, no sientan que estoy siendo condescendiente. La verdad es que estoy hablando conmigo mismo. Me estoy recordando a mí mismo lo que ya sé.

Todas las cosas que temo, amplifico. Todas las cosas que amo, amplifico también. Conversaciones con Dios nos dice que sólo hay dos lugares de donde proceder a medida que avanzamos en nuestras vidas. Procedemos desde el amor o procedemos desde el miedo en todo lo que pensamos y decimos y hacemos.

He aprendido a consultar mi sentido interno en cuanto a de dónde procedo con todos mis pensamientos, palabras y acciones importantes. Y cuando siento que procedo desde el miedo, intento acercarme a la esencia de mi ser, a la Energía Esencial, al Verdadero Yo.

A veces me parece peligroso hacer esto. A veces se siente como si estuviera arriesgándolo todo. Sólo cuando paso a entender que no tengo nada que perder, me resulta fácil afirmarme en mi verdad, decir lo que es para mí, expresarme con autenticidad en todo momento, y quitar el escudo que he estado sosteniendo delante de mí en mi ilusión de que tengo que protegerme de ti.

Estos días tengo claro que tú no eres de quien tengo que protegerme. Tú eres de quien no quiero volver a separarme nunca más. Es en la realidad de nuestra Unicidad que voy a encontrar mi verdadera libertad del miedo.

Les deseo lo mejor en este día. Les deseo buena suerte en su viaje. Les deseo paz y alegría y amor y felicidad en su sendero. Les prometo proporcionarles compañía en el camino cuando pueda y como pueda. Elijo nunca volver a sentirme separado de la vida, en cualquiera de sus formas manifiestas. Soy libre. Libre del miedo al fin. En la Unicidad, soy libre.





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viernes, 25 de mayo de 2018

6 - Detener, serenar, descansar y curar






La meditación budista tiene dos aspectos: shamatha y vipashyana. Tendemos a subrayar la importancia de vipashyana («la observación profunda») porque puede proporcionarnos la clara visión y liberarnos del sufrimiento y las aflicciones. Pero la práctica de shamatha («detenerse») es fundamental.
Si no somos capaces de detenernos, no podremos tener una clara visión.   

En los círculos zen se cuenta una historia acerca de un hombre y un caballo. El caballo galopa velozmente, pues por lo visto el hombre que lo monta se dirige a algún lugar importante. Otro hombre al borde del camino le grita: «¿Adónde vas?», y el individuo contesta: «¡No lo sé! Pregúntaselo al caballo». Ésta es también nuestra historia. Montamos un caballo, pero no sabemos adónde vamos ni podemos detenernos. El caballo es la energía de nuestros hábitos, que nos arrastra sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Siempre estamos corriendo, se ha convertido en una costumbre. Luchamos constantemente, incluso mientras dormimos. Estamos en guerra con nosotros mismos y podemos iniciar fácilmente una guerra contra los demás. Debemos aprender el arte de detenernos, de impedir que nuestros pensamientos, la energía de nuestros hábitos, nuestra falta de atención y las fuertes emociones nos sigan dominando.

Cuando surge una emoción como una tormenta no tenemos paz. Encendemos el televisor y después lo apagamos. Cogemos un libro y después lo abandonamos. ¿Cómo podemos detener este estado de agitación? ¿Cómo podemos detener el miedo, la desesperación, la ira y el deseo que sentimos? Podemos lograrlo haciendo la práctica de respirar, andar y sonreír conscientemente, observándolo todo a fondo para poder comprenderlo. Cuando somos conscientes y vivimos profundamente el momento presente, los frutos son siempre la comprensión, la aceptación, el amor y el deseo de aliviar el sufrimiento y proporcionar alegría.
Pero la energía de nuestros hábitos es a menudo más fuerte que nuestra voluntad. Decimos y hacemos cosas que no deseamos decir ni hacer, y más tarde nos arrepentimos. Nos causamos sufrimiento a nosotros mismos y a los demás, y hacemos mucho daño. Quizá nos hagamos la promesa de no volverlo a hacer, pero reincidimos de nuevo. ¿Por qué? Porque la energía de nuestros hábitos (vashana) nos impulsa a ello.

Necesitamos la energía de la plena consciencia para reconocer y estar atentos a la energía de nuestros hábitos y detener este curso de destrucción. Cuando somos conscientes, somos capaces de reconocer la energía de nuestros hábitos en el momento en que se manifiesta. «¡Hola, energía de mis hábitos, sé que estás ahí!». Si nos limitamos a sonreírle, perderá gran parte de su fuerza. La consciencia es la energía que nos permite reconocer la energía de nuestros hábitos e impedir que nos domine.

La falta de atención es lo contrario. Bebemos una taza de té pero no somos conscientes de que la estamos bebiendo. Nos sentamos al lado de la persona que amamos, pero olvidamos que está allí. Paseamos, pero no estamos paseando realmente. Estamos en otro sitio, pensando en el pasado o en el futuro. El caballo de la energía de nuestros hábitos nos arrastra y somos sus prisioneros. Necesitamos detenerlo y reclamar nuestra libertad. Debemos iluminar con la luz de la consciencia todo cuanto hagamos, para que la oscuridad provocada por la falta de atención
desaparezca. La primera función de la meditación —shamatha— es detener.

La segunda función de shamatha es serenar. Cuando experimentamos una fuerte emoción, sabemos que puede ser peligroso actuar, pero no tenemos la fuerza ni la claridad suficientes para evitar hacerlo. Debemos aprender el arte de inspirar y espirar, de detener nuestras actividades y serenar nuestras emociones. Debemos aprender a ser sólidos y estables como un roble, sin dejarnos arrastrar de un lugar a otro por la tormenta. Buda enseñó muchas técnicas para serenar el cuerpo y la mente, y observarlos profundamente. Pueden resumirse en cinco etapas:

1. Reconocer: si estamos enojados, decimos «Sé que estoy lleno de ira».

2. Aceptar: cuando estamos enojados, no lo negamos. Aceptamos lo que sentimos.

3. Abrazar: sostenemos la ira en nuestros brazos igual que lo haría una madre con su bebé cuando llora. Nuestra consciencia abraza la emoción, y este hecho por sí solo calma ya nuestra ira y a nosotros mismos.

4. Observar profundamente: cuando nos hemos calmado lo suficiente, podemos observar profundamente para comprender qué es lo que ha provocado la ira, qué es lo que está incomodando a nuestro bebé.

5. Obtener una clara visión: el fruto de observar profundamente es llegar a comprender las numerosas causas y condiciones, primarias y secundarias, que han provocado nuestra ira y que están haciendo llorar a nuestro bebé. Quizá nuestro bebé tiene hambre o el imperdible del pañal se está clavando en su piel. Nuestra ira se ha desencadenado cuando nuestro amigo nos ha hablado cruelmente y de repente recordamos que hoy no tiene un buen día porque su padre se está muriendo. Reflexionamos de ese modo hasta obtener una cierta visión de qué es lo que ha causado nuestro sufrimiento. Gracias a ella sabremos qué debemos o no hacer para cambiar la situación.

Después de serenar, la tercera función de shamatha es la de descansar. Supón que alguien desde la orilla de un río arroja un guijarro al aire y cae al fondo del río. El guijarro se sumerge lentamente hasta llegar al lecho del río sin ningún esfuerzo. Una vez ha llegado allí permanece en reposo dejando que el agua siga fluyendo. Al meditar sentados podemos descansar como ese guijarro, podemos sumergirnos de forma natural hasta el fondo de nuestra postura de meditación, descansando sin ningún esfuerzo. Debemos aprender el arte de descansar, dejando que el cuerpo y la mente se relajen. Si tenernos heridas en el cuerpo o en la mente, debemos descansar para que puedan curarse.

El hecho de serenarnos nos permite descansar, y descansar es una condición previa para la curación. Cuando los animales del bosque caen heridos, siempre encuentran un lugar para tenderse y descansar totalmente durante muchos días. No piensan en comer ni en ninguna otra cosa. Se limitan a descansar y logran de ese modo la curación que tanto necesitan. Cuando los humanos caemos enfermos, lo único que sabemos hacer es preocuparnos. Vamos al encuentro de doctores y medicinas, pero no nos detenernos. Ni siquiera descansamos cuando vamos a la playa o a la montaña durante las vacaciones y regresamos incluso más cansados que antes. Debemos aprender a descansar. Tenderse no es la única posición para descansar. Mientras meditamos sentados o andando, podemos también descansar perfectamente. La meditación no tiene por qué ser una ardua labor. Deja simplemente que tu cuerpo y tu mente descansen como lo haría un animal en el bosque. No luches, no hay necesidad de alcanzar nada. Ahora estoy escribiendo un libro, pero no estoy luchando, sino descansando a la vez. Por favor, léelo de manera placentera y relajada. Buda dijo: «Mi Dharma es la práctica de la no práctica».[20] Practica de un modo que no te canse, de una forma que dé a tu cuerpo, a tus emociones y a tu conciencia una oportunidad para descansar. Nuestro cuerpo y nuestra mente tienen la capacidad de curarse a sí mismos si les permitimos descansar.

Detenerse, serenarse y descansar son las condiciones previas para la curación. Si no podemos detenernos, el curso de nuestra destrucción seguirá en marcha. El mundo necesita curarse. Los individuos, las comunidades y las naciones lo necesitan también.



domingo, 8 de abril de 2018

La felicidad más grande - Deepak Chopra






La finalidad de la vida es la expansión de la felicidad. La felicidad es la meta de todas las demás metas. La mayoría cree que la felicidad es resultado del éxito, la acumulación de riquezas, la salud o las buenas relaciones interpersonales, y la presión social hace creer a muchos que estos logros equivalen a la felicidad. Sin embargo, no es así. El éxito, la riqueza, la buena salud y las relaciones enriquecedoras son consecuencias de la felicidad, no su causa. 

Cuando nos sentimos felices aumentan nuestras posibilidades de hacer elecciones que nos acerquen a estas cosas, pero no funciona al revés. Todos conocemos personas que se sienten profundamente infelices aun después de acumular increíbles riquezas y alcanzar el éxito. La buena salud también puede ser objeto de negligencia o abuso, y hasta la familia más feliz puede perder su dicha al enfrentar una crisis inesperada. Las personas infelices no son exitosas, y no hay logro ni dinero alguno que pueda modificar esta ecuación. 

Por esto debemos dejar de pensar en las señales externas y concentrarnos en la felicidad interior, tan buscada y tan difícil de encontrar. En los últimos años, psicólogos y estudiosos del cerebro han emprendido la primera investigación seria acerca de la felicidad. Antiguamente, la psicología se concentraba casi exclusivamente en tratar la infelicidad, de la misma forma en que la medicina interna trata la enfermedad. Pero así como en años recientes ha aumentado de manera notable la atención al bienestar y la prevención, también lo ha hecho el interés en lograr la felicidad. 

Curiosamente, uno de los temas más controvertidos en el nuevo campo de la psicología positiva es si los seres humanos estamos hechos para ser felices. Quizá todos vamos en busca de una ilusión, de una fantasía alimentada por momentos de felicidad esporádicos y siempre efímeros. O quizá haya personas predispuestas genéticamente para ser felices, seres afortunados que están más allá de lo que la mayoría experimentamos: un sentimiento de satisfacción moderada, en el mejor de los casos. Algunos expertos afirman que la felicidad es aleatoria, una sorpresa emocional que aparece y desaparece en un instante, como una fiesta sorpresa de cumpleaños, y que no deja huella permanente una vez que acaba. 

Algunos de los científicos más destacados en el campo de la psicología positiva, en particular la profesora Sonja Lyubomirsky, Ed Diener y Martin Seligman, elaboraron lo que llaman la “fórmula de la felicidad”. Dichos investigadores hallaron tres factores específicos, susceptibles de cuantificarse en una sencilla ecuación:

F = P + C + A

Felicidad = predisposición + condiciones de vida + actividades voluntarias

Ésta es una de las teorías más extendidas acerca de la felicidad, así que la analizaremos para luego mostrar una mejor manera de alcanzar la meta. Aunque apunta en la dirección correcta, la fórmula no profundiza lo suficiente para develar el auténtico secreto de la felicidad. 

El primer factor, la predisposición, determina cuán felices somos por naturaleza. Las personas infelices tienen un mecanismo cerebral que interpreta las situaciones como problemas. Por su parte, las personas felices tienen un mecanismo cerebral que interpreta las mismas situaciones como oportunidades. Así, el fenómeno del “vaso medio lleno o medio vacío” tiene sus raíces en el cerebro y está “dispuesto” de tal manera que no varía mucho con el paso del tiempo. De acuerdo con los investigadores, la predisposición determina alrededor de 40 por ciento de la experiencia de felicidad de una persona. Aparentemente, esta predisposición es en parte genética: si tus padres fueron infelices, es más probable que tú también lo seas. Sin embargo, no debemos olvidar la influencia de la infancia. 

El cerebro de los niños tiene neuronas que reflejan el cerebro de los adultos que los rodean. Se dice que estas “neuronas espejo” son responsables del aprendizaje de nuevas conductas. Los pequeños no necesitan imitar a sus padres para aprender algo nuevo; les basta observarlos para que ciertas neuronas se activen de manera tal que reflejen la actividad. Por ejemplo, un bebé a quien se está destetando observa a sus padres comer. Cuando éstos toman los alimentos y los llevan a su boca, ciertas áreas de su cerebro se activan. El simple hecho de observar esta actividad hace que las mismas áreas se activen en el cerebro del niño. De esta forma, el cerebro en desarrollo aprende una nueva conducta sin tener que seguir un proceso de prueba y error. 

Este modelo ya se ha demostrado en monos y se ha extendido en la teoría a los humanos. Ofrece la prueba física de algo tan misterioso como la empatía, la capacidad de sentir lo que otro siente. Algunas personas tienen esta habilidad; otras no. Unos cuantos son tan empáticos que prácticamente no toleran el sufrimiento ajeno. Estudios de resonancia electromagnética y tomografía computarizada indican que la función cerebral desempeña un papel fundamental en la empatía. Las neuronas de un niño reflejan las emociones de los adultos que lo rodean y lo hacen sentir lo que éstos sienten. Si un niño vive rodeado por adultos infelices, su sistema nervioso quedará programado para la infelicidad, aun antes de tener motivos para sentirla. ¿Por qué no todos los niños son empáticos? Porque el desarrollo cerebral es extremadamente complejo y diferente en cada bebé. Durante nuestra infancia se programaron simultáneamente toda clase de funciones cerebrales, y para algunos la empatía tuvo un papel secundario. Ésta es una desigualdad preocupante e influye en la felicidad. Podríamos pensar que si el cerebro está predeterminado —por los genes o por la infancia— para cierto grado de felicidad, no hay nada que podamos hacer para cambiarlo. Sin embargo, esto sería un error, porque ni el cerebro ni los genes son estructuras estáticas; están cambiando y evolucionando a cada minuto. Nuestros genes reciben constantemente la influencia de nuevas experiencias. Cada una de nuestras elecciones envía señales químicas que atraviesan el cerebro, incluyendo la elección de ser feliz, y cada señal moldea el cerebro año tras año. Las investigaciones muestran que, en términos generales, la predisposición del cerebro puede modificarse mediante:

Medicamentos para levantar el ánimo; funcionan sólo en el corto plazo y tienen efectos secundarios. 

Terapia cognitiva, que transforma el cerebro mediante la modificación de creencias limitadoras. Todos nos decimos a nosotros mismos palabras que provocan infelicidad. La repetición constante de una creencia negativa (soy una víctima, nadie me quiere, la vida es injusta, hay algo malo en mí) desarrolla vías nerviosas que refuerzan la negatividad al convertirla en una manera habitual de pensar. Dichas creencias pueden remplazarse con otras no sólo más positivas sino más acordes con la realidad (si fui una víctima no tengo por qué seguir siéndolo; puedo encontrar el amor si elijo lugares mejores para buscarlo). Al tratar pacientes cuya vida está dominada por creencias negativas, los psicólogos han descubierto que la alteración de creencias fundamentales es tan eficaz como los medicamentos para modificar la química cerebral. 

Meditación, que produce en el cerebro numerosas alteraciones positivas. Los efectos físicos de permanecer quietos y volcarse al interior son inconmensurables. La resolución del enigma tomó mucho tiempo. Los investigadores tuvieron que luchar contra el prejuicio occidental acerca de que la meditación pertenecía al terreno del misticismo o que era, en el mejor de los casos, una especie de práctica religiosa. Hoy sabemos que activa la corteza prefrontal, sede del pensamiento elevado, y que fomenta la liberación de neurotransmisores como la dopamina, la serotonina, la oxitocina y los opiáceos cerebrales. Cada uno de estos químicos naturales del cerebro se relaciona con distintos aspectos de la felicidad. La dopamina es un antidepresivo; la serotonina aumenta la autoestima; la oxitocina es conocida como la hormona del placer (sus niveles aumentan también durante la excitación sexual); los opiáceos actúan como analgésicos y son responsables de la euforia que sigue al ejercicio físico. Queda claro que la meditación, por producir niveles elevados de estos neurotransmisores, es una manera más eficaz para modificar la predisposición del cerebro. Además, ningún medicamento puede coordinar por sí solo la liberación de todas estas sustancias.

El segundo factor en la fórmula de la felicidad son las condiciones de vida. Como todos queremos mejorar la calidad de nuestra existencia, damos por hecho que un cambio positivo de nuestras condiciones nos hará más felices. Sin embargo, este factor explica sólo entre siete y 12 por ciento de la experiencia total de la felicidad. Si ganas la lotería, por ejemplo, al principio te sentirás extáticamente feliz, pero al cabo de un año regresarás a tu nivel normal de felicidad o infelicidad. Al cabo de cinco años, casi todos los que han ganado la lotería afirman que la experiencia tuvo un efecto negativo en su vida. Los expertos en estrés han acuñado el término eustrés para referirse al estrés causado por experiencias intensamente placenteras. Todos pensamos que nos gustaría vivir eso, pero el cuerpo no sabe distinguir entre el eustrés y el distrés, causado por experiencias desagradables. Ambos pueden desatar la reacción del estrés. Si no te adaptas bien a éste, las experiencias positivas pueden afectar tanto como las negativas tu corazón, tu sistema endocrino y otros órganos y sistemas vitales. 

Al igual que los acontecimientos felices, las circunstancias trágicas, como la muerte de un familiar, un amargo divorcio o una desgracia como quedar paralizado por una lesión en la columna, no influyen de manera significativa en el nivel de felicidad de una persona en el largo plazo. Los seres humanos tenemos una notable capacidad para adaptarnos a las circunstancias externas. Como dijo Darwin, el factor más importante para la supervivencia no es la inteligencia ni la fortaleza sino la adaptabilidad. La resistencia emocional, la capacidad de recuperarse después de una experiencia adversa, es uno de los indicadores más confiables de quién vivirá largo tiempo. Todos experimentamos situaciones difíciles, pero la adaptabilidad es un valioso rasgo innato. Esta capacidad explica por qué las condiciones de vida tienen tan poca influencia en el nivel de felicidad de una persona. 

Casi 50 por ciento de la fórmula de la felicidad depende del tercer factor, las cosas que elegimos hacer en nuestra vida cotidiana. ¿Qué clase de elecciones nos hacen felices? Unas se basan en la satisfacción personal, pero los investigadores descubrieron con sorpresa que no eran las más significativas. El incremento del placer personal provocado por comer bien, beber champaña, hacer el amor o ver una película proporciona una felicidad de unas cuantas horas o un par de días a lo mucho. La gratificación instantánea declina rápidamente. 

Otra clase de elección promueve la expresión creativa o la felicidad de otra persona. En ambos casos se accede a un nivel más profundo del ser. Según las investigaciones, las acciones que realicemos en favor de la felicidad de los demás son una vía rápida para la felicidad duradera. La expresión creativa también puede rendir resultados positivos y perdurables para la propia felicidad. 

Esto es, en pocas palabras, lo que las investigaciones más recientes nos dicen. Sin embargo, el conocimiento de la fórmula de la felicidad no es garantía de una felicidad auténtica o duradera. Sólo el tercer factor, las actividades voluntarias, toma en consideración la vida interior de la persona y abre la puerta al que considero el único lugar donde puede encontrarse el secreto de la felicidad. Veamos qué hay detrás de esa puerta. Lo que hallemos también nos ayudará a responder la pregunta más importante: ¿somos los humanos capaces de gozar una felicidad auténtica y perdurable? 

Las tradiciones orientales señalan que la vida supone de manera inevitable el sufrimiento, el cual puede tomar la forma de accidentes, desgracias, envejecimiento, enfermedad y muerte. Esto sugiere que los pesimistas tienen razón al afirmar que la felicidad duradera es una ilusión. Los seres humanos, en particular, sufrimos a causa de la memoria y la imaginación. Cargamos con las heridas del pasado e imaginamos que el futuro nos depara más sufrimiento. A las demás criaturas no les preocupa la vejez, la decrepitud ni la muerte. No se aferran al pasado, ni alimentan agravios ni resentimientos. 

Los animales sí tienen memoria. Si pateas a un perro, éste recordará la experiencia y gruñirá si se encuentra contigo 10 años después. Pero a diferencia de los humanos, no planificará durante esos 10 años la manera de vengarse. Nuestra capacidad de sufrir nos hace buscar una salida. Por esto, para millones de personas, el presente gira en torno a huir del dolor pasado y evitar el dolor futuro. En vez de proponer un escape al sufrimiento, las tradiciones de Oriente diagnostican el sufrimiento de la misma forma en que un médico diagnostica la enfermedad. Las tradiciones védica y budista de la India identificaban cinco causas del sufrimiento, y de la infelicidad resultante:

1. Desconocer nuestra identidad auténtica. 
2. Aferrarnos a la idea de permanencia en un mundo mutable por naturaleza. 
3. Temer al cambio. 
4. Identificarnos con esa alucinación de origen social llamada ego. 
5. Temer a la muerte.

Si bien la vida ha cambiado drásticamente a lo largo de los siglos, no ha ocurrido lo mismo con estas fuentes del sufrimiento, y mientras no las resolvamos, de poco servirán los medicamentos más eficaces, la crianza más amorosa o las obras más desinteresadas. La fórmula de la felicidad no contempla las verdaderas dolencias de la existencia humana, que todos experimentamos. Estar vivo es recelar el cambio, aferrase al ego y a sus falsas promesas, temer la llegada de la muerte. Cavilamos confundidos acerca de la pregunta más simple y más básica: ¿quién soy? 

Por fortuna, no hace falta debatirse con las cinco causas del sufrimiento ya que todas están contenidas en la primera: el desconocimiento de nuestra identidad auténtica. Una vez que experimentes quién eres en realidad, todo sufrimiento desaparecerá. Ésta es, sin duda, una promesa colosal, pero ha perdurado por lo menos tres mil años en espera de que cada nueva generación la descubra. Cada descubrimiento es nuevo y depende del individuo. Por naturaleza, todos estamos interesados en nosotros mismos. Si utilizamos ese interés para ir al fondo de nosotros mismos, encontraremos el lugar donde reside nuestro ser auténtico, y entonces se nos revelará el secreto de la felicidad.

Nuestra identidad auténtica se aloja en una conciencia fundamental más allá de la mente, el intelecto y el ego. Cuando vemos más allá de nuestro limitado yo —ese yo que lucha por alcanzar la paz, el amor y la realización en la vida— estamos en camino de hallar nuestra identidad auténtica. Todos estamos conectados con la fuente de la creación. Los sabios antiguos nos han legado una hermosa imagen que lo representa: una vela de flama eterna, instalada en un santuario dentro del corazón. Si hallamos esa flama alcanzaremos la iluminación y disiparemos las tinieblas de la duda, la ira, el temor y la ignorancia. 

Lo que somos trasciende el espacio, el tiempo y las relaciones de causa y efecto. Nuestra conciencia fundamental es inmortal. Si llegamos a conocernos en este nivel no volveremos a sufrir. Muchas personas equiparan iluminación con impasibilidad, un estado de aislamiento que les resulta atemorizante porque suponen que deben renunciar a las comodidades de la vida cotidiana. Ante la disyuntiva entre iluminación y placer personal, siempre optan por el segundo. Pero el conocimiento de nuestra identidad auténtica no nos aparta ni nos priva de las satisfacciones de la vida diaria; antes bien nos muestra la fuente de todas las satisfacciones. 

En la fuente descubrimos una conexión que nos une a todos. Nuestro yo auténtico es transpersonal; esto es, se extiende más allá de las fronteras de nuestro yo personal. No obstante, transpersonal no significa impersonal, otro de los temores que tiene la gente cuando piensa en iluminación. Aquí también ocurre lo contrario; un maestro espiritual indio lo expresó así: “Mi amor resplandece como la luz de una hoguera. No se enfoca en nadie, no excluye a nadie”. Si valoramos el amor, la paz y la realización, el hallazgo de nuestra identidad auténtica no hará sino expandirlos. 

Por fortuna, conocer nuestro yo auténtico no es difícil. Es lo que la naturaleza quiere que hagamos. Una vez que encontramos el camino, los pasos se suceden sin dificultad ni tensión. Al principio es necesario un granito de fe. En la sociedad occidental, a pocos se les enseña que la única cura permanente para la infelicidad es la iluminación, pero es posible experimentar en carne propia la verdad de esta afirmación. Desde las primeras etapas del camino el sufrimiento se reduce, a veces de manera drástica. 

Desde el lugar donde te encuentras en este instante, leyendo estas palabras, la iluminación puede parecer una posibilidad lejana y sobrecogedora, pero en las páginas siguientes te expondré siete claves que te guiarán en tu recorrido. Como lo más eficaz es siempre lo más sencillo, natural y cómodo, voy a presentarte ahora una idea increíblemente poderosa: 

En este mundo de cambio constante, 
hay algo que no cambia

Este sencillo pensamiento describe la meta de cualquier búsqueda. Si te concentras en tu respiración, sentirás que asciende y desciende. Si te concentras en tus pensamientos, observarás que también van y vienen. Todas las funciones del cuerpo presentan este vaivén y, de hecho, el mundo entero funciona de la misma manera. 

¿Dónde se origina este ir y venir? ¿Dónde está el no-cambio que posibilita el cambio? Necesariamente existe. Sin un océano en calma no existirían las olas. Sin una mente en calma no podríamos tener pensamientos. Sin el llamado estado fundamental, aquél con un potencial infinito de materia y energía, no existiría el universo, afirman los físicos. 

Resulta de gran importancia observar que todo cambio se basa en el no-cambio. Al hacerlo comprendemos que nuestra existencia, inmersa en la transformación, debe implantarse en un estado más profundo e inmutable del ser. Tenemos una fuente, un estado fundamental. Piensa en cualquier cosa que pueda verse: un árbol, un ocaso, la luna o una estrella distante. Tú, el observador, y el objeto que observas, desaparecerán algún día. Ambos están atrapados en la inestabilidad. Pero el estado fundamental que los subyace no va ni viene: permanece. 

La iluminación consiste simplemente en encontrar la manera de alcanzar este estado fundamental. Una vez alcanzado nos identificamos de manera natural con él, y podemos decir: “Éste es el yo verdadero”. Es así de simple. Por eso el secreto de la felicidad está en nuestras manos. Las siete claves de la felicidad también podrían llamarse las siete claves de la iluminación. Consisten en cosas cotidianas que podemos considerar y hacer. No necesitas hacer un cambio drástico en tu estilo de vida. No tienes que decirle a nadie que estás en el camino de la iluminación, aunque los demás te verán cada vez más feliz y realizado. 

El proceso que conduce a la iluminación es gradual y requiere paciencia, pero por fortuna el simple hecho de ir en su búsqueda rinde frutos aquí y ahora. Cualquier paso que des rumbo a tu conciencia fundamental —tu estado estacionario, tu ser auténtico— eliminará algunas causas de infelicidad en tu vida. Al mismo tiempo, florecerá esa felicidad innata que es tu derecho de nacimiento. Tu camino, pues, tiene un doble propósito: disipar la oscuridad y revelar la luz.